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¿A qué huelen los recuerdos?

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El día había sido agotador en el trabajo y el regreso al piso en metro no había sido mejor. Al abrir la puerta, Martina dejó el maletín y la chaqueta sobre el sillón vintage de la entrada y fue hacia la cocina, donde se preparó un sándwich que se comió de camino a su dormitorio. Al entrar, dejó el móvil cargando en la mesilla de noche y se bajó, por fin, de sus elegantes, pero incómodos, tacones. Pizpireta se dirigió descalza hacia el baño para abrir el grifo de la ducha. Mientras se deshacía de la ropa, el baño se fue llenando pronto de vaho. Cuando el agua ardiendo empezó a caer por su pelo y fue bajando por la delicada piel, sus músculos se fueron destensando. Aquello era, sin duda, lo mejor del día, así que se relajó bajo el chorro olvidándose del lanzamiento de su próximo proyecto, los detalles de última hora y, como no, la presión continua de su jefe. Se quedó así unos minutos dejando que el agua, gota a gota, recorriera su cuerpo. Al igual que en el trabajo, Martina era muy o...

El chico de la parada de autobús

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Cada mañana voy a la misma cafetería. Tengo la costumbre de sentarme en la mesa de la esquina derecha frente a la ventana. No estoy pasando por mi mejor momento, hay días en los que me embarga una gran tristeza, que, aunque no tiene una explicación coherente, tiene una razón de ser. Me gusta sentarme allí y tomar un café manchado bien caliente mientras observo el ir y venir de la gente por la calle. Aunque parezca algo común, me ayuda a alejar de la mente todos aquellos pensamientos que la saturan.   He de reconocer que, al tomar el primer sorbo de café, mis pensamientos se dirigen a gran velocidad hacia la misma persona, día tras día, café tras café… es una rutina. Pensar en esa persona o, lo que es lo mismo, en él provoca en mí una cierta melancolía por aquello que no fue y que pudo ser. El segundo sorbo de café me traslada a los buenos momentos que compartimos, que, aunque fueron escasos, son imborrables. De ahí paso a un torbellino de recuerdos, que se agolpan ...