El chico de la parada de autobús


Cada mañana voy a la misma cafetería. Tengo la costumbre de sentarme en la mesa de la esquina derecha frente a la ventana. No estoy pasando por mi mejor momento, hay días en los que me embarga una gran tristeza, que, aunque no tiene una explicación coherente, tiene una razón de ser.
Me gusta sentarme allí y tomar un café manchado bien caliente mientras observo el ir y venir de la gente por la calle. Aunque parezca algo común, me ayuda a alejar de la mente todos aquellos pensamientos que la saturan. 
He de reconocer que, al tomar el primer sorbo de café, mis pensamientos se dirigen a gran velocidad hacia la misma persona, día tras día, café tras café… es una rutina. Pensar en esa persona o, lo que es lo mismo, en él provoca en mí una cierta melancolía por aquello que no fue y que pudo ser. El segundo sorbo de café me traslada a los buenos momentos que compartimos, que, aunque fueron escasos, son imborrables. De ahí paso a un torbellino de recuerdos, que se agolpan unos tras otros, hasta desencadenar en aquellos que marcaron un antes y un después en nuestra relación, pues dejaron una herida -hoy ya cicatriz-, que fue la que acabó separándonos, como la enorme grieta que se abre en medio de una montaña. 
Tomo un sorbo más de café y sigo divagando entre mis pensamientos, mientras tanto la vida sigue su curso en el otro lado de la ventana: un coche toca el claxon ante el inminente atasco que se ha formado por la descarga de un camión de reparto; una chica se dirige al estacionamiento de bicicletas de la esquina, mete su bolso en la cesta de una de ellas y comienza a pedalear; un señor saluda con la mano en alto al camarero de la cafetería y se dirige al quiosco de Antonino para comprar la prensa; una señora, que se dirige al mercado, cruza el paso de peatones con su carrito de la compra; y una manada de niños con sus mochilas cargadas de libros se agolpa en la marquesina esperando al autobús escolar.
A pesar del gentío que va y viene, ese día mi vista se queda fija en el chico que está en la parada de autobús. Nunca antes lo había visto o, por lo menos, nunca antes me había fijado en él. No sé durante cuánto tiempo estoy observándolo, supongo que bastante, porque el chico se percata de mi insistente mirada. Tomo mi último sorbo de café y salgo de la cafetería apresuradamente.
El viento está cambiando su dirección y eso solo puede significar una cosa: se aproximan cambios. Sin siquiera imaginarlo, toda esa monotonía diaria se iba a ver alterada por aquel desconocido chico de la parada de autobús. Al día siguiente entro en la cafetería y me siento en el mismo lugar de siempre. El camarero, que ya conoce mi comanda, trae el café manchado, pero al tomar el primer sorbo mis pensamientos cambian de rumbo, ya no van hacia el pasado, sino hacia el chico de la parada de autobús.
Los días siguientes de camino a la cafetería, fue rondando por mi cabeza la misma pregunta: “¿Lo veré hoy?”. La respuesta no se hizo esperar, pues todos los días y a la misma hora aparecía el chico en la parada de autobús. Dado que me resulta un tanto frío referirme a él como “el chico de la parada de autobús” y, como no sé aún su nombre, mi imaginación le pone uno: “Justin”. Su manera de vestir me recuerda al famoso ídolo adolescente: camiseta, vaqueros, zapatillas granates Vans y una mochila negra. En mi mente se suceden mil preguntas acerca de Justin: "¿a dónde se dirigirá?, ¿trabajará o estudiará?, ¿tendrá novia? ¿cuál será su edad? ¿a qué hora volverá?...".
Un día casi me atraganto con un sorbo de mi café. En un principio creía que eran ilusiones mías, pero no, el café estaba bastante cargado y me mantenía despierta y alejada de ensoñaciones. “¿Acaso está mirándome Justin?”. Noto como el fuego se apodera de mis mejillas que pasan de un color pálido a un fuerte enrojecimiento causado por su penetrante mirada, que acaba convirtiéndose en un juego: quién aguanta más tiempo sin apartar la vista del otro. En ese primer round de miradas Justin se lleva la victoria, pues el camarero llega con la cuenta y tengo que apartar la mirada para coger el monedero y pagar el café. Cuando vuelvo la vista hacia la parada, esta está vacía. Justin ya no está. Debe de haber cogido el autobús.
El tonto juego de miradas continúo unos cuantos días más, hasta tal punto que dejaron de ser simples miradas ingenuas para convertirse en miradas profundas e, incluso, seductoras. En una de aquellas miradas me paro a reflexionar sobre qué es lo que me atrae de él: "¿sus ojos oscuros y profundos?, ¿la incipiente barba de tres días?, ¿la boca de labios carnosos y dientes perfectos?  o simplemente,  ¿el misterio de no saber cuál es su nombre?"
Tomo la taza de café entre mis manos para tomar un trago y salgo de mi pensamiento. Una pareja acaba de entrar en la cafetería y se sienta en la mesa que hay justo a mi lado. No soy cotilla, pero no puedo evitar escuchar su conversación: van a casarse próximamente y están planeando el acontecimiento. Al mirar de reojo a aquella pareja me embarga una nostalgia, una vez yo también tuve a una persona con la que hacía planes en este mismo lugar. Quizás esos recuerdos sean la razón por la que cada día sin falta venga a esta cafetería, a nuestra cafetería, pida un café manchado y al tomar el primer sorbo lo recuerde a él, a sus palabras, a su tacto, a sus besos de buenos días con sabor a pasta de dientes…
Es hora de pasar página y dejar todos esos recuerdos guardados en la caja del altillo del armario que contiene algunos de los objetos personales que nunca vino a recoger. Es hora de crear unos nuevos recuerdos. Me siento con el coraje necesario para dar el paso y me digo: “¡Quién no arriesga no gana, Carla!”. Termino el café y me levanto de la mesa decidida a tomar un autobús, pero no un autobús cualquiera, sino el que cada día coge Justin, el chico de la parada.
Cuando llego a la marquesina del autobús, esta está vacía, no hay nadie, él no ha llegado todavía. Miro el reloj. El autobús está a punto de llegar y Justin no aparece. “¿Por qué no está aquí, si él es muy puntual siempre? ¿Le habrá pasado algo?”.
El autobús llega, subo, pago el billete y me dirijo hacia un asiento libre. Escucho a unas señoras hablando de la subida de precios del supermercado, me doy la vuelta y les pregunto adónde se dirige este autobús. Una de ellas responde que la última parada está en el centro de la ciudad. Le doy las gracias y cojo mi móvil y los auriculares para escuchar música durante el trayecto. El autobús inicia su marcha y, entonces, alguien me pregunta si el asiento que tengo al lado está ocupado. Cuando levanto la vista para responderle que está libre, me encuentro con unos ojos color azabache preciosos y conocidos. Es él. El chico de la parada de autobús. Justin.
 Mi nombre es Alberto. Encantado — dice cuando se sienta a mi lado.
Sin salir de mi estado de ensimismamiento consigo responder. Igualmente. Yo soy Carla.
Ambos nos sonreímos. “¡Qué sonrisa más bonita tiene!” pienso. Entonces, me dice:  —Todos los días antes de entrar a trabajar tengo un rato libre, como te veo todos los días en la cafetería, ¿te importa si mañana te hago compañía?
Aquello debía ser un sueño, un sueño hecho realidad. Con un nudo en la garganta le contesto lo más segura que puedo:  ¡Claro que sí, encantada de que me acompañes!
Cada mañana, desde la mesa de la esquina derecha frente a la ventana, veo el ir y venir de gente por la calle, pero no me detengo a observarlos, ya no. Aparto la mirada de la ventana y me topo con los oscuros ojos de Alberto. Mientras sostiene entre sus manos una taza de café, me propone mil planes para hacer y para pasar el resto de nuestra vida juntos. Sonrío porque estoy feliz de estar en mi cafetería, saboreando un café manchado y haciendo de nuevo planes con mi chico de la parada de autobús.  

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