El chico de la parada de autobús
Cada mañana voy a la misma cafetería. Tengo la costumbre de sentarme en la mesa de la esquina derecha frente a la ventana. No estoy pasando por mi mejor momento, hay días en los que me embarga una gran tristeza, que, aunque no tiene una explicación coherente, tiene una razón de ser. Me gusta sentarme allí y tomar un café manchado bien caliente mientras observo el ir y venir de la gente por la calle. Aunque parezca algo común, me ayuda a alejar de la mente todos aquellos pensamientos que la saturan. He de reconocer que, al tomar el primer sorbo de café, mis pensamientos se dirigen a gran velocidad hacia la misma persona, día tras día, café tras café… es una rutina. Pensar en esa persona o, lo que es lo mismo, en él provoca en mí una cierta melancolía por aquello que no fue y que pudo ser. El segundo sorbo de café me traslada a los buenos momentos que compartimos, que, aunque fueron escasos, son imborrables. De ahí paso a un torbellino de recuerdos, que se agolpan ...