¿A qué huelen los recuerdos?
El día había sido agotador en el trabajo y el regreso al piso en metro no había sido mejor. Al abrir la puerta, Martina dejó el maletín y la chaqueta sobre el sillón vintage de la entrada y fue hacia la cocina, donde se preparó un sándwich que se comió de camino a su dormitorio. Al entrar, dejó el móvil cargando en la mesilla de noche y se bajó, por fin, de sus elegantes, pero incómodos, tacones.
Pizpireta se dirigió descalza hacia el baño para abrir el grifo de la ducha. Mientras se deshacía de la ropa, el baño se fue llenando pronto de vaho. Cuando el agua ardiendo empezó a caer por su pelo y fue bajando por la delicada piel, sus músculos se fueron destensando. Aquello era, sin duda, lo mejor del día, así que se relajó bajo el chorro olvidándose del lanzamiento de su próximo proyecto, los detalles de última hora y, como no, la presión continua de su jefe. Se quedó así unos minutos dejando que el agua, gota a gota, recorriera su cuerpo.
Al igual que en el trabajo, Martina era muy organizada y metódica en el día a día -sus amigas le tenían puesto el nombre en Whatsapp de "doña Rutina"-, así que aquella noche no iba a ser diferente a la otras. Después de ponerse "el pijama"-una enorme camiseta de los Ramones a modo de camisón-, recogerse la larga y ondulada melena en un moño deshecho, preparar la ropa para el día siguiente y mirar veinte veces que la alarma del móvil estaba bien puesta, se sentó en el borde de la cama de matrimonio. Cogió una de las cremas hidratantes que había en la cesta encima de la mesilla, vertió unas gotas de ella en su mano izquierda y la repartió con un ligero masaje por ambas manos, para después extenderla por sus piernas. El olor de la crema inundó sus fosas nasales y un torrente de recuerdos, que creía olvidados, se sucedieron provocando un vuelco en su estómago.
Martina estaba físicamente en su dormitorio, pero, de repente, mentalmente se trasladó años atrás a aquel piso que alquiló recién llegada a la ciudad y que estaba junto al hospital. Es increíble cómo un olor te transporta y te vuelve a situar en un lugar y un tiempo determinado como si de una máquina del tiempo se tratase.
A la mente y al cuerpo de Martina volvieron de forma atropellada recuerdos desordenados de aquella época: una primera mirada descarada, una excusa para hablar con él, mensajes de Whatsapp y muchas mariposas en el estómago. De repente, recordó aquel tocador viejo y desgastado, cómo cada mañana se miraba delante de él, aprobaba el modelito, se maquillaba y se echaba perfume pensando en él... De igual modo, cada día al salir del piso, de camino a la parada de bus, esperaba encontrarse con él allí; vivían muy cerca, eso lo supo un día de lluvia que entró en el bus de línea y lo descubrió mirándola fijamente con una sonrisa y señalándole el asiento de al lado. A eso le siguieron miradas furtivas y asientos estratégicos en las reuniones del departamento para el que ambos trabajaban, varios cafés con leche acompañados de un croissant en una cafetería cercana a la oficina, notas en la mesa de trabajo con caras sonrientes, palabras sueltas o mensajes sin sentido, la vuelta a casa caminando acompañada...
Los recuerdo seguían sucediéndose, pero cada vez más ordenados: una cita, una antigua, pero acogedora y preciosa cafetería en el centro de la ciudad, una salida con los compañeros de la oficina, una discoteca, un "te acompaño a casa", mensajes y más mensajes, una visita entre semana a las tres de la mañana, un "no tardes que te estoy esperando", una fiesta de empresa, rumores, confidencias y una desilusión acompañada de un " me cambio de trabajo y me mudo de ciudad".
Martina se metió en la cama. Esa noche no tenía ganas de coger el libro y ponerse a leer. Apagó la luz. Aquel olor seguía allí impregnando no solo su piel, sino sus sábanas también. Aspiró profundo y se permitió seguir pensando en él unos minutos más, hasta que no fue solo un pensamiento, sino que lo encontró en sus sueños aquella noche.
Mola!!!!!!!
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